Al día siguiente era domingo. Stepán Arkádievitch fue al Teatro Bolshói al ensayo del ballet, y le regaló a Masha Chibisova, una bonita bailarina a quien acababa de tomar bajo su protección, el collar de coral que le había prometido la noche anterior; y tras bambalinas, a la penumbrosa luz del teatro, se las ingenió para besar su lindo rostrito, radiante de felicidad por el regalo.
Además del obsequio del collar, quería acordar con ella un encuentro después del ballet. Tras explicarle que no podría llegar al principio de la función, le prometió que iría para el último acto y la llevaría a cenar.
Desde el teatro, Stepán Arkádievitch se dirigió al Ojotny Riad, eligió personalmente el pescado y los espárragos para la cena, y a las doce en punto estaba en el hotel Dussot, donde tenía que ver a tres personas, por suerte todas alojadas en el mismo lugar:
- Levin, que había regresado recientemente del extranjero y se hospedaba allí;
- el nuevo director de su departamento, que acababa de ser ascendido a ese puesto y había venido a Moscú en una gira de inspección;
- y su cuñado, Karenin, a quien tenía que ver para asegurarse de traerlo a cenar.
A Stepán Arkádivich le gustaba cenar, pero todavía le gustaba más dar una cena, pequeña, pero muy selecta, tanto en lo que se refería a la comida y la bebida como a la elección de los invitados. Le gustaba especialmente el programa de la cena de aquel día. Habría percas frescas, espárragos y la pièce de resistencia —un rosbif de primera, aunque de lo más sencillo—, y los vinos adecuados: eso en cuanto a la comida y la