Aunque Levin creía tener las ideas más exactas sobre la vida doméstica, inconscientemente, como todos los hombres, se la imaginaba como el más feliz goce del amor, sin nada que lo estorbara ni pequeñas preocupaciones que lo distrajeran. * Él debía, según concebía su situación, hacer su trabajo y hallar descanso en él a través de la felicidad del amor. * Ella debía ser amada, y nada más. Pero, como todos los hombres, se olvidaba de que ella también querría trabajar. Y se sorprendía de que ella, su poética y exquisita Kitty, pudiera, no ya en las primeras semanas, sino incluso en los primeros días de su vida matrimonial, pensar, recordar y ocuparse de los manteles, de los muebles, de los colchones para los invitados, de una bandeja, de la cocinera, de la comida, etcétera. Aún estando prometidos, le había llamado la atención la firmeza con la que ella había rechazado el viaje al extranjero y decidido ir al campo, como si supiera lo que quería y aún pudiera pensar en algo ajeno a su amor. Aquello le había molestado entonces, y ahora sus triviales inquietudes y preocupaciones le molestaban de vez en cuando. Pero veía que eso era esencial para ella. Y, amándola como la amaba, aunque no comprendiera la razón de tales cosas y se burlara de esas ocupaciones domésticas, no podía dejar de admirarlas. Se burlaba de la forma en que ella acomodaba los muebles que se habían traído de Moscú; reordenaba la habitación de ambos; colgaba cortinas; preparaba habitaciones para los invitados, una habitación para Dolly; se ocupaba de buscarle alojamiento a su nueva doncella; le encargaba la comida a la vieja cocinera; entraba en conflicto con Agafia Mijáilovna, quitándole el control de las provisiones. Veía cómo la vieja cocinera sonreía, admirándola y escuchando sus órdenes inexcatas e irrealizables; cómo Agafia Mijáilovna
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