Stepán Arkádievitch se sentía completamente desconcertado ante aquella extraña charla que oía por primera vez. La complejidad de Petersburgo, por lo general, tenía en él un efecto estimulante, sacándolo de su estancamiento moscovita. Pero a él le gustaban esas complicaciones y las entendía únicamente en los círculos que conocía y en los que se sentía como en casa. En aquel entorno desconocido estaba perplejo y desconcertado, y no lograba ubicarse. Mientras escuchaba a la condesa Lidia Ivánovna, consciente de los hermosos e ingenuos —o tal vez artificiosos, no sabría decidirlo— ojos de Landau fijos en él, Stepán Arkádievitch empezó a sentir una extraña pesadez en la cabeza.
Las ideas más incongruentes se atropellaban en su cabeza. > “A Marie Sanina le alegra que su hijo haya muerto. … ¡Qué bien me sentaría un cigarrillo ahora! … Para salvarse, solo hace falta creer, y los monjes no saben cómo se hace tal cosa, pero la condesa Lidia Ivanovna sí lo sabe. … ¿Y por qué tengo la cabeza tan pesada? ¿Será el coñac o que todo esto es muy extraño? En fin, me parece que hasta ahora no he hecho nada inadecuado. Pero, de todos modos, no se le puede preguntar ahora. Dicen que a uno lo hacen rezar. ¡Ojalá no me obliguen! Eso sería demasiado estúpido. ¡Y qué bodrio está leyendo! Pero tiene buena pronunciación. Landau—Bezzubov—, ¿por qué se llamará Bezzubov?” De repente, Stepán Arkádievich notó que su mandíbula inferior comenzaba a bostezar de manera incontrolable. Se tiró de las patillas para disimular el bostezo y se sacudió para despabilarse. Pero poco después advirtió que se estaba durmiendo y a punto de empezar a roncar. Se recuperó justo en el instante en que la voz de