Era el abismo al que temía asomarse. Ponerse en el pensamiento y en el sentimiento en el lugar de otra persona era un ejercicio espiritual poco natural para Alekséi Aleksándrovich. Consideraba este ejercicio espiritual como un abuso nocivo y peligroso de la fantasía.
—Y lo peor de todo —pensaba— es que justo ahora, en el preciso momento en que mi gran obra se acerca a su culminación» (se refería al proyecto que llevaba entre manos en ese momento), «cuando necesito de toda mi paz mental y de todas mis energías, justamente ahora me viene a asaltar esta estúpida preocupación. Pero ¿qué se le va a hacer? No soy de esos hombres que se someten a la zozobra y a la preocupación sin tener la fuerza de carácter necesaria para hacerles frente.
—Debo pensarlo bien, tomar una decisión y quitármelo de la cabeza —dijo en voz alta.
—La cuestión de sus sentimientos, de lo que ha pasado y puede estar pasando en su alma, eso no es asunto mío; eso es asunto de su conciencia, y cae bajo el rubro de la religión —se dijo, hallando consuelo en la sensación de haber descubierto a qué categoría de principios reguladores podía adscribirse convenientemente esta nueva circunstancia.
—Y así pues —se dijo Alekséi Aleksándrovich—, las cuestiones relativas a sus sentimientos y demás son asuntos de su conciencia, con los cuales nada tengo que ver. Mi deber está claramente definido. Como cabeza de familia, soy una persona obligada por mi deber a guiarla y, por consiguiente, en parte responsable; estoy obligado a señalar el peligro que percibo, a advertirla, incluso a usar de mi autoridad. Debo hablarle con franqueza. Y todo lo que le diría esa noche a su mujer cobró una forma clara en la cabeza de Alekséi Aleksándrovich. Al reflexionar sobre lo que iba a decir, lamentó un poco tener que emplear su tiempo y sus facultades mentales en el consumo doméstico, con tan poco que mostrar a cambio, pero, a