Además, sabía muy bien que los veintiún rublos que le pedirían por el viaje eran un asunto serio para ella; los asuntos pecuniarios de Daria Alexandrovna, que se encontraban en un estado muy desastroso, eran tomados a pecho por los Levin como si fueran propios.
Daria Alexandrovna, por consejo de Levin, salió antes del amanecer. El camino era bueno, el carruaje cómodo, los caballos trotaban alegremente y en el pescante, además del cochero, iba el contable, a quien Levin enviaba en lugar de un caballerizo para mayor seguridad. Daria Alexandrovna cabeceó y solo se despertó al llegar a la posada donde debían cambiar los caballos.
Después de tomar té en la misma casa de un campesino acomodado donde Levin se había hospedado de camino a lo de Sviazhsky, y de charlar con las mujeres sobre sus hijos y con el viejo sobre el conde Vronsky, a quien este último elogiaba muchísimo, Daria Alexandrovna, a las diez, reanudó el viaje. En casa, ocupada en cuidar a sus hijos, no había tenido tiempo de pensar. Así que ahora, tras estas cuatro horas de trayecto, todos los pensamientos que antes había reprimido acudieron en desbandada a su cerebro, y repasó toda su vida como nunca antes lo había hecho, y desde los puntos de vista más diversos. Sus pensamientos le parecían extraños incluso a ella misma. Al principio pensó en los hijos, por los cuales estaba inquieta, aunque la princesa y Kitty (en quien confiaba más) le habían prometido cuidarlos. > «¡Con tal de que Masha no empiece con sus travesuras, de que a Grisha no le dé una coz un caballo y de que a Lily no se le vuelva a trastornar el estómago!», pensó. Pero a estas cuestiones del presente les sucedieron las del futuro inmediato. Empezó a pensar en cómo tenía que conseguir un nuevo