entrada la noche; y aquel billete de cien rublos sí se le había atravesado en la garganta. Pero el siguiente billete, cambiado para pagar una cena para sus parientes que costó veintiocho rublos —aunque despertó en Levin la reflexión de que veintiocho rublos equivalían a nueve medidas de avena, que unos hombres habrían segado, atado, trillado, aventado, cernido y sembrado entre gemidos y sudor—, de ese se deshizo con más facilidad. Y ahora los billetes que cambiaba ya no suscitaban tales reflexiones, y volaban como pajaritos. La consideración de si el trabajo dedicado a obtener el dinero se correspondía con el placer que proporcionaba lo que se compraba con él, era un razonamiento que había descartado hacía mucho tiempo. Su cálculo comercial de que había cierto precio por debajo del cual no podía vender un determinado grano también se había olvidado. El centeno, cuyo precio había sostenido durante tanto tiempo, se había vendido cincuenta kopecks más barato por medida de lo que se pagaba hacía un mes. Hasta la consideración de que con tal gasto no podría seguir viviendo un año sin deudas, ni siquiera eso tenía ya fuerza. Solo una cosa era esencial: tener dinero en el banco, sin indagar de dónde venía, para saber que uno tenía con qué comprar carne para el día siguiente. Y esta condición se había cumplido hasta entonces; siempre había tenido dinero en el banco. Pero ahora el dinero del banco se había acabado y no sabía muy bien de dónde sacar la próxima remesa. Y esto era lo que, en el momento en que Kitty había mencionado el dinero, lo había perturbado; pero no tuvo tiempo de pensar en ello. Se marchó pensando en Katavasov y en el encuentro con Metrov que tenía por delante.
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II
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