surgido de una conversación tan inofensiva, de tan poca importancia para ambos. Pero así había sido en realidad. Todo se originó a partir de sus burlas sobre los institutos femeninos, declarando que no servían para nada, mientras ella los defendía. Él había hablado con desdén de la educación de las mujeres en general, y había dicho que a Hannah, la protegida inglesa de Anna, no le hacía la más mínima falta saber nada de física.
Esto irritó a Anna. Vio en ello una referencia despectiva a sus ocupaciones. Y recordó una frase para pagarle con la misma moneda por el dolor que le había causado.
«No espero que me comprendas, ni mis sentimientos, como lo haría alguien que me amara, pero una simple delicadeza sí la esperaba», dijo.
Y en realidad se había sonrojado de irritación, y había dicho algo desagradable. Ella no recordaba su respuesta, pero en ese momento, con un deseo inconfundible de herirla a ella también, él había dicho: