Ahora, en la soledad del campo, comenzó a ser cada vez más consciente de esas alegrías.
A menudo, al mirarlos, hacía todo lo posible por persuadirse de que se equivocaba, de que ella, como madre, sentía debilidad por sus hijos. Aun así, no podía evitar decirse a sí misma que tenía unos niños encantadores, los seis a su manera, pero un conjunto de niños como rara vez se encuentra, y se sentía feliz con ellos y orgullosa de ellos.