La lluvia no duró mucho, y para cuando llegó Vronsky, con su caballo de varas troteando a toda velocidad y arrastrando a los caballos de guía que galopaban por el fango con las riendas sueltas, el sol había vuelto a asomarse, los tejados de las villas de verano y los viejos tilos de los jardines a ambos lados de las calles principales brillaban con humedad, y de las ramitas caía un goteo agradable y de los tejados, raudales de agua. Ya no pensaba en que el chaparrón arruinara el hipódromo, sino que ahora se regocijaba de que —gracias a la lluvia— con toda seguridad la hallaría en casa y sola, pues sabía que Alekséi Aleksándrovich, que hacía poco había regresado de un balneario extranjero, no se había movido de Petersburgo.
Con la esperanza de encontrarla sola, Vronsky bajó del carruaje, como lo hacía siempre para evitar llamar la atención, antes de cruzar el puente, y se fue caminando hacia la casa. No subió los escalones de la puerta que daba a la calle, sino que entró por el patio.
—¿Ha venido su amo? —le preguntó a un jardinero.
—No, señor. La señora está en casa. Pero tenga la amabilidad de ir a la puerta principal; allí hay sirvientes —contestó el jardinero—. Ellos le abrirán la puerta.
“No, entraré por el jardín”.
Y sintiéndose satisfecho de estar solo, y queriendo tomarla por sorpresa, ya que no había prometido estar allí hoy y ella ciertamente no esperaría que viniera antes de las carreras, caminó, sosteniendo su sable y pisando con cautela por el sendero de arena, bordeado de flores, hacia la terraza que daba al jardín. Vronsky olvidó ahora todo lo que había pensado en el camino sobre las penurias y dificultades de su situación. No pensaba en otra cosa que en