Luego oyó cómo traían el carruaje, se abrió la puerta y él volvió a salir. Pero regresó de nuevo al porche, y alguien subía corriendo las escalera arriba. Era el criado que subía por los guantes que había olvidado. Fue a la ventana y lo vio tomar los guantes sin mirar y, tocándole la espalda al cochero, le dijo algo. Luego, sin levantar la vista hacia la ventana, se acomodó en su postura habitual en el carruaje, con las piernas cruzadas, y poniéndose los guantes desapareció doblando la esquina.
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