intentó reprimir toda manifestación de vida en su interior, por lo que ni se movió ni la miró. Esto era lo que había provocado aquella extraña expresión de rigidez cadavérica en su rostro que tanto había impresionado a Anna.
Cuando llegaron a la casa él la ayudó a bajar del coche y, haciendo un esfuerzo por dominarse, se despidió de ella con su habitual urbanidad y pronunció esa frase que a nada lo comprometería; dijo que mañana le haría saber su decisión.
Las palabras de su esposa, al confirmar sus peores sospechas, habían clavado una cruel punzada en el corazón de Alekséi Aleksándrovich. Esa punzada se vio intensificada por el extraño sentimiento de compasión física que le provocaban las lágrimas de ella.
Pero cuando se quedó a solas en el coche, Alekséi Aleksándrovich, para su sorpresa y deleite, sintió un alivio completo tanto de esa compasión como de las dudas y los dolores de los celos.
Experimentó las sensaciones de un hombre al que le acaban de arrancar una muela tras sufrir mucho tiempo de dolor de dientes.
Tras una agonía terrible y la sensación de que algo inmenso, más grande que la propia cabeza, le era arrancado de la mandíbula, el sufriente, que apenas puede creer en su propia buena suerte, siente de repente que aquello que tanto tiempo llevaba envenenando su existencia y aprisionando su atención ya no existe, y que puede volver a vivir y pensar, y a interesarse por otras cosas además de su muela.
Esta sensación era la que experimentaba Alekséi Aleksándrovich. La agonía había sido extraña y terrible, pero ahora había terminado; sentía que podía volver a vivir y pensar en algo que no fuera su esposa.
“Sin honor, sin corazón, sin religión; una mujer corrupta. Siempre lo supo y siempre lo vio, aunque intentó engañarse a sí mismo para