“Pero si es así. …”
—Oh, no, como Kitty desee.
—¡No podemos hablar de eso con Kitty! ¿Quieres que la asuste? ¡Si esta primavera Natalia Golitzina se murió por culpa de un médico ignorante!
—Haré exactamente lo que dices —dijo con melancolía.
La princesa empezó a hablarle, pero él no la oyó. Aunque la conversación con la princesa le había resultado, en verdad, desagradable, estaba sombrío, no a causa de esa conversación, sino por lo que veía junto al samovar.
—No, es imposible —pensó, mirando de vez en cuando a Vassenka, que se inclinaba sobre Kitty y le decía algo con su encantadora sonrisa, y a ella, ruborizada y turbada.
Había algo desagradable en la actitud de Vassenka, en sus ojos, en su sonrisa. Levin vio incluso algo desagradable en la actitud y en la mirada de Kitty.
Y de nuevo la luz se apagó en sus ojos. De nuevo, como antes, de repente, sin la más mínima transición, se sintió precipitado desde la cúspide de la felicidad, la paz y la dignidad, a un abismo de desesperación, rabia y humillación. De nuevo todo y todos le resultaban aborrecibles.
—Haz tal como te parezca mejor, princesa —dijo de nuevo, mirando a su alrededor.
—Pesada es la gorra de Monómaco —dijo con picardía Stepán Arkádievitch, aludiendo, evidentemente, no solo a la conversación de la princesa, sino a la causa de la agitación de Levin, que él había notado.
—¡Qué tarde vienes hoy, Dolly!