paso, y no encontraba las palabras ni el momento adecuado para formularla. Stepán Arkádivich había bajado a su habitación, se había desvestido, vuelto a lavar y, ataviado con una camisa de dormir de plizados encrespados, se había metido en la cama, pero Levin seguía remoloneando en su cuarto, hablando de diversas naderías y sin atreverse a preguntar lo que deseaba saber.
—Qué maravilla de jabón hacen —dijo contemplando un trozo de jabón que tenía en las manos, que Agafea Mijáilovna había preparado para el visitante pero que Oblonsky no había usado—. Miren nada más; si es una obra de arte.
—Sí, hoy en día todo ha llegado a tal grado de perfección —dijo Stepán Arkádievitch con un bostezo húmedo y dichoso—. El teatro, por ejemplo, y los espectáculos... ¡a... a... a! —bostezó—. La luz eléctrica por todas partes... ¡a... a... a!
—Sí, la luz eléctrica —dijo Levin—.
—Sí. Oye, ¿y dónde está Vronsky ahora? —preguntó de repente, dejando el jabón.
—¿Vronsky? —dijo Stepán Arkándievitch, conteniendo un bostezo—; está en Petersburgo. Se marchó poco después que tú y no ha vuelto a pisar Moscú desde entonces. Y a propósito, Kostya, te diré la verdad —continuó, apoyando el codo en la mesa y sosteniendo con la mano su hermoso rostro sonrosado, en el que sus ojos húmedos, bondadosos y adormilados brillaban como estrellas—. Es culpa tuya. Te asustaste al ver a tu rival. Pero, como te dije entonces, no sabría decir quién tenía más probabilidades. ¿Por qué no luchaste hasta el final? Te dije en su momento que... —Bostezó por dentro, sin abrir la boca.