—Hemos estado celebrando su éxito —dijo el coronel alto—. Es su segundo premio imperial. Ojalá tuviera yo en las cartas la misma suerte que él tiene con los caballos. Bien, ¿para qué perder el tiempo precioso? Me voy a los «infiernos» —añadió el coronel, y se alejó.
—Ese es Yashvin —dijo Vronsky en respuesta a Turovtsin, y se sentó en el asiento que había quedado libre junto a ellos. Bebió el vaso que le ofrecieron y pidió una botella de vino.
Bajo la influencia del ambiente del club o del vino que había bebido, Levin charló animadamente con Vronsky sobre las mejores razas de ganado, y se alegró mucho de no sentir la menor hostilidad hacia aquel hombre. Incluso le contó, entre otras cosas, que le había oído a su mujer que se lo había encontrado en casa de la princesa María Borísovna.
—¡Ah, la princesa María Borísovna, es exquisita! —dijo Stepán Arkádivich, y contó una anécdota sobre ella que hizo reír a todos. Vronsky, en particular, se rio con una diversión tan simple y sincera que Levin se sintió completamente reconciliado con él.
—Bueno, ¿hemos terminado? —dijo Stepán Arkándievich, levantándose con una sonrisa—. Vamos.