Bien sabía que se reían de él, pero no esperaba de ellos otra cosa que hostilidad; a eso ya estaba acostumbrado.
Al divisar los hombros amarillos de Lidia Ivánovna que sobresalían por encima del corsé, y sus finos y pensativos ojos que lo invitaban a acercarse, Alekséi Aleksándrovich sonrió, dejando ver unos dientes blancos e impecables, y se dirigió hacia ella.
El vestido de Lidia Ivanovna le había costado grandes penas, como en realidad se lo habían costado todos sus vestidos últimamente.
Su propósito al vestir era ahora completamente opuesto al que había seguido treinta años antes. Entonces su deseo había sido adornarse con algo, y cuanto más adornada, mejor.
Ahora, por el contrario, se veía obligada a ataviarse de un modo tan incongruente con su edad y su figura, que su única preocupación era ingeniárselas para que el contraste entre aquellos adornos y su propio exterior no resultara demasiado espantoso.
Y en lo que respecta a Alekséi Aleksándrovich, lo había conseguido, y a los ojos de él resultaba atractiva. Para él, ella era la única isla no solo de buena voluntad hacia su persona, sino de amor en medio del mar de hostilidad y burlas que lo rodeaba.
Cruzando entre filas de miradas irónicas, se sintió atraído hacia su tierna mirada con la misma naturalidad con que una planta busca el sol.
—Le felicito —le dijo ella, con los ojos puestos en su condecoración.
Reprimiendo una sonrisa de complacencia, se encogió de hombros y cerró los ojos, como dando a entender que aquello no podía ser motivo de alegría para él. La condesa Lidia Ivánovna sabía muy bien que era uno de sus principales motivos de satisfacción, aunque él nunca lo reconociera.