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nydus/Anna KareninaPublic
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XXII

que la vería enseguida, no en su imaginación, sino viva, toda ella, tal como era en realidad. Estaba a punto de entrar, pisando con toda la planta del pie para no hacer crujir los gastados peldaños de la terraza, cuando de repente recordó lo que siempre olvidaba, y lo que constituía el aspecto más atormentador de sus relaciones con ella: su hijo con su mirada inquisitiva —hostil, según se imaginaba—.

Este muchacho era, más que ningún otro, un freno para su libertad.

Cuando él estaba presente, tanto Vronsky como Anna no solo evitaban hablar de cualquier cosa que no hubieran podido repetir ante todos; ni siquiera se permitían aludir mediante insinuaciones a nada que el muchacho no comprendiera.

No habían hecho ningún pacto al respecto, se había establecido por sí solo. Se habrían sentido ofendidos a sí mismos al engañar al niño. En su presencia hablaban como conocidos.

Pero a pesar de esta precaución, Vronsky veía a menudo la mirada atenta y desconcertada del niño fija en él, y una extraña timidez, incertidumbre, a veces amabilidad, y otras, frialdad y reserva, en los modales del muchacho hacia él; como si el niño sintiera que entre este hombre y su madre existía algún vínculo importante, cuyo significado no podía comprender.

As a fact, the boy did feel that he could not understand this relation, and he tried painfully, and was not able to make clear to himself what feeling he ought to have for this man. With a child’s keen instinct for every manifestation of feeling, he saw distinctly that his father, his governess, his nurse⁠—all did not merely dislike Vronsky, but looked on him with horror and aversion, though they never said anything about him, while his mother looked on him as her greatest friend.

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