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El ordenanza que había llevado la carta le había traído la respuesta más cruel e inesperada: que no había respuesta. Jamás se había sentido tan humillada como en el momento en que, mandando llamar al ordenanza, oyó de su boca el relato exacto de cómo había esperado y cómo después le habían dicho que no había respuesta.
Anna se sentía humillada, insultada, pero comprendía que, desde su punto de vista, la condesa Lidia Ivánovna tenía razón. Su sufrimiento era tanto más agudo cuanto que tenía que soportarlo en la soledad. No podía ni quería compartirlo con Vronski. Sabía que para él, aunque era la causa principal de su desdicha, la cuestión de ver a su hijo le parecería un asunto de muy poca importancia. Sabía que jamás sería capaz de comprender toda la profundidad de su sufrimiento, que ante su tono frío ante cualquier alusión a ello empezaría a odiarlo. Y temía eso más que nada en el mundo, por lo que le ocultaba todo lo relacionado con su hijo.
Pasando el día entero en casa, sopesaba los modos de ver a su hijo y había tomado la decisión de escribir a su esposo. Justo estaba redactando esta carta cuando le entregaron la misiva de Lidia Ivánovna. El silencio de la condesa la había abatido y deprimido, pero la carta, todo lo que leía entre líneas en ella, la irritaba tanto, aquella malicia era tan repugnante al lado de su apasionada y legítima ternura por su hijo, que se revolvió contra los demás y dejó de culparse a sí misma.
—¡Esta frialdad, esta simulación de afecto! —se dijo—. ¡Tienen que insultarme y torturar al niño, y yo debo resignarme! ¡Ni por pienso! Ella es peor que yo. Al menos, yo no miento.
Y decidió en el acto que al día siguiente, el cumpleaños de Seryozha, iría directamente a la casa de su marido, sobornaría o engañaría a los sirvientes, pero que a toda costa vería a su hijo y destruiría el espantoso engaño con el que rodeaban al infeliz niño.