Las aves de los pantanos chirriaban y revoloteaban en torno al arroyo y sobre los arbustos que centelleaban con el rocío y proyectaban largas sombras. Un halcón se despertó y se posó en un montón de heno, moviendo la cabeza de un lado a otro y mirando con descontento el pantano. Unos cuervos volaban por el campo, y un muchacho de piernas desnudas llevaba los caballos hacia un viejo que se había levantado de debajo de su largo abrigo y se peinaba. El humo de la escopeta era blanco como la leche sobre el verde de la hierba.
Uno de los muchachos corrió hacia Levin.
—¡Tío, ayer había patos aquí! —le gritó, y se alejó un poco detrás de él.
Y a Levin le alegró el doble, a la vista del muchacho, que expresaba su aprobación, haber matado a tres agachadizas, una tras otra, de golpe.