Todo en esta carta exasperaba a la condesa Lidia Ivánovna: su contenido, la alusión a la magnanimidad y, sobre todo, su tono —a su juicio—, demasiado libre y desenfadado.
—Di que no hay respuesta —dijo la condesa Lidia Ivánovna, y abriendo inmediatamente su secante, le escribió a Alekséi Aleksándrovich que esperaba verle a la una en la recepción oficial.
—Debo hablar con usted de un asunto grave y doloroso. Allí arreglaremos dónde encontrarnos. Lo mejor de todo, en mi casa, donde mandaré preparar té como a usted le gusta. Urgente. Él pone la cruz, pero da las fuerzas para llevarla —añadió, con el fin de prepararlo un poco—. La condesa Lidia Ivánovna solía escribir unas dos o tres cartas al día a Alekséi Aleksándrovich. Le gustaba esa forma de comunicación, que brindaba una oportunidad de refinamiento y un aire de misterio que no ofrecían sus encuentros personales.