La condesa Lidia Ivánovna se había casado, siendo una muchacha muy joven y sentimental, con un hombre rico y de alta alcurnia, un libertino sumamente bondadoso, jovial y disipado en extremo.
Dos meses después de la boda, su marido la abandonó; y a sus apasionadas protestas de afecto él respondió con un sarcasmo e incluso con una hostilidad que quienes conocían el buen corazón del conde y no veían defectos en la sentimental Lidia no lograban explicarse.
Aunque se divorciaron y vivían separados, siempre que el esposo se encontraba con la esposa, invariablemente se portaba con ella con la misma ironía maligna, cuya causa resultaba incomprensible.
La condesa Lidia Ivánovna hacía mucho que había dejado de estar enamorada de su marido, pero desde entonces nunca había dejado de estar enamorada de alguien. Estaba enamorada de varias personas a la vez, tanto hombres como mujeres; había estado enamorada de casi todos los que habían destacado de algún modo en particular. Estaba enamorada de todos los nuevos príncipes y princesas que entraban a formar parte de la familia imperial por matrimonio; había estado enamorada de un alto dignatario de la Iglesia, de un vicario y de un párroco; había estado enamorada de un periodista, de tres eslavófilos, de Komisárov, de un ministro, de un médico, de un misionero inglés y de Karenin. Todas estas pasiones, que declinaban o cobraban ardor constantemente, no le impedían mantener las relaciones más amplias y complejas con la corte y la alta sociedad. Pero desde el momento en que, tras el trance de Karenin, lo tomó bajo su especial protección, desde el momento en que