Había sido igual de grosero con los Sviazhsky al marcharse sin despedirse. Pero tampoco volvería a verlos nunca. Ya no le importaba aquello.
El negocio de reorganizar la explotación de sus tierras lo absorbía tan por completo como si no fuera a haber nunca nada más en su vida.
Leía los libros que le prestaba Sviazhsky, y copiando lo que no tenía, leía tanto los libros de economía como los socialistas sobre el tema, pero, como había previsto, no encontró nada relacionado con el proyecto que había emprendido.
En los libros de economía política —en Mill, por ejemplo, a quien estudió primero con gran ardor, esperando hallar a cada minuto una respuesta a las cuestiones que lo absorbían— encontró leyes deducidas de las condiciones del cultivo de la tierra en Europa; pero no veía por qué estas leyes, que no eran aplicables en Rusia, debían ser generales. Vio exactamente lo mismo en los libros socialistas: o bien eran fantasías hermosas pero impracticables que lo habían fascinado cuando era estudiante, o bien eran intentos de mejorar, de rectificar la posición económica en la que se encontraba Europa, con la cual el régimen de la propiedad territorial en Rusia no tenía nada en común. La economía política le decía que las leyes mediante las cuales la riqueza de Europa se había desarrollado, y se estaba desarrollando, eran universales e invariables. El socialismo le decía que el desarrollo en esas líneas conducía a la ruina. Y ni la una ni el otro daban una respuesta, ni siquiera un indicio, como contestación a la pregunta de qué debían hacer él, Levin, y todos los campesinos y terratenientes rusos, con sus millones de manos y millones de acres, para hacerlos lo más productivos posible en pro del bienestar común.
Habiendo abordado una vez el tema, leyó concienzudamente todo lo relacionado con él, y tenía la intención de ir al extranjero en otoño para estudiar los sistemas agrarios sobre el terreno, con el fin de no verse