El abogado hizo una reverencia respetuosa, dejó salir a su cliente por la puerta y, a solas, se entregó a su sentido de la diversión.
Se sentía tan jovial que, contrariamente a sus reglas, hizo una rebaja en sus honorarios a la señora regateadora, y dejó de cazar polillas, decidiendo finalmente que el próximo invierno tendría que mandar a forrar los muebles con terciopelo, como los de Sigonin.