—¿Qué te hace pensar que él te conoce? —añadió ella, con una mirada de soslayo a los ojos del bebé que miraban traviesos, según le parecía, por debajo de su gorro, a sus mejillas que se hinchaban rítmicamente y a la manita de palma roja que estaba agitando.
—¡Imposible! Si conociera a alguien, me habría conocido a mí —dijo Kitty, respondiendo a las palabras de Agafea Mijáilovna, y sonrió.
Sonrió porque, aunque decía que él no podía conocerla, en su corazón estaba segura de que él no solo conocía a Agafea Mijáilovna, sino que conocía y comprendía todo, y conocía y comprendía también muchísimo que nadie más sabía, y que ella, su madre, había llegado a saber y comprender solo a través de él.
Para Agafea Mijáilovna, para la nodriza, para su abuelo, incluso para su padre, Mitya era un ser vivo, que solo requería cuidados materiales, pero para su madre hacía tiempo que era un ser moral, con el cual existía ya toda una serie de relaciones espirituales.
—Cuando se despierte, ¡válgame Dios!, lo va a ver usted misma. ¡Entonces, cuando hago así, simplemente me sonríe radiante, mi niño! ¡Simplemente radiante como un día de sol! —dijo Agafea Mijáilovna.
—Bueno, bueno; entonces ya veremos —susurró Kitty—. Pero vete ahora, se va a dormir.