La vida de Vronsky era particularmente feliz porque poseía un código de principios que definía con infalible certeza lo que debía y lo que no debía hacer. Este código de principios abarcaba solo un círculo muy reducido de eventualidades, pero, a cambio, los principios nunca admitían dudas y Vronsky, como jamás salía de ese círculo, no había tenido jamás un momento de vacilación sobre lo que debía hacer.
Estos principios establecían como reglas invariables:
- que hay que pagarle a un tahúr, pero no es necesario pagarle a un sastre;
- que nunca se debe mentir a un hombre, pero a una mujer se le puede mentir;
- que nunca se debe engañar a nadie, pero a un marido se le puede engañar;
- que jamás se debe perdonar un insulto, pero se puede inferir uno, y así sucesivamente.
Estos principios tal vez no fueran razonables ni buenos, pero poseían una certeza infalible y, mientras se atuvo a ellos, Vronsky sintió que su conciencia estaba en paz y que podía mantener la cabeza en alto.
Solo últimamente, en lo que respecta a sus relaciones con Anna, Vronsky había empezado a sentir que su código de principios no abarcaba plenamente todas las eventualidades posibles, y a vislumbrar en el futuro dificultades y perplejidades para las cuales no hallaba una guía segura.
Su actual relación con Anna y con el marido de esta le parecía clara y sencilla. Estaba clara y precisamente definida en el código de principios