Serguéi Ivánovich con convicción, mirando de reojo al viejo
El hermoso viejo, de barba negra entrecana y espeso cabello plateado, permanecía inmóvil, sosteniendo una taza de miel, mirando desde la altura de su gran estatura con amable serenidad a los señores, sin entender evidentemente nada de su conversación ni importarle entenderla.
—Eso es indudable —dijo, agitando la cabeza de manera significativa ante las palabras de Serguéi Ivánovich.
—Aquí lo tienes, pues, pregúntale. Él no sabe nada al respecto ni piensa nada —dijo Levin.
—¿Te has enterado de la guerra, Mihálich? —dijo, volviéndose hacia él—. ¿Lo que leyeron en la iglesia? ¿Qué piensas de eso? ¿Debemos luchar por los cristianos?
—¿Qué hemos de pensar? Alejandro Nikoláievich, nuestro emperador, ha pensado por nosotros; por cierto, él piensa por nosotros en todo. A él le toca ver más claro. ¿Traigo un poco más de pan? ¿Le doy al muchacho otro poco? —dijo dirigiéndose a Daria Alexandrovna y señalando a Grisha, que se había terminado la corteza.
—No necesito preguntar —dijo Serguéi Ivánovich—; hemos visto y estamos viendo a cientos y cientos de personas que lo abandonan todo para servir a una causa justa, vienen de todos los rincones de Rusia y expresan directa y claramente su pensamiento y su objetivo. Aportan su óbolo o van ellos mismos y dicen claramente para qué. ¿Qué significa eso?
—Significa, a mi entender —empezó a caldearse Levin—, que entre ochenta millones de personas siempre puede encontrarse no a cientos,