—Para ti, para los demás —dijo Anna, como si adivinara sus pensamientos—, puede haber razones para dudar; pero para mí... Debes tener en cuenta que no soy su esposa; él me ama mientras me ama. ¿Y cómo he de conservar su amor? ¡No así!
Movió sus manos blancas haciendo una curva ante su cintura con extraordinaria rapidez, como ocurre en los momentos de emoción; ideas y recuerdos acudieron en tropel a la cabeza de Darya Alexandrovna.
«Yo —pensó—, no retuve mi atractivo para Stiva; él me dejó por otras, y la primera mujer por quien me traicionó no lo retuvo siendo siempre bonita y alegre. La abandonó y tomó a otra. ¿Y puede Anna atraer y retener al conde Vronsky de esa manera? Si eso es lo que él busca, encontrará vestidos y modales aún más atractivos y encantadores. Y por muy blancos y hermosos que sean sus brazos desnudos, por muy hermoso que sea su cuerpo voluptuoso y su rostro anhelante bajo sus rizos negros, él encontrará algo aún mejor, tal como lo hace mi repugnante, patético y encantador marido».
Dolly no respondió, limitándose a suspirar. Anna advirtió aquel suspiro, que denotaba desacuerdo, y continuó. En su arsenal tenía otros argumentos tan contundentes que no se les podía replicar.
—¿Dices que no está bien? Pero debes considerar —prosiguió—; olvidas mi posición. ¿Cómo puedo desear hijos? No hablo del sufrimiento, no le tengo miedo a eso. Piensa tan solo: ¿qué van a ser mis hijos? Hijos desdichados, que tendrán que llevar el apellido de un extraño. Por el mero hecho de nacer, se verán obligados a avergonzarse de su madre, de su padre, de su nacimiento.
—Pero precisamente por eso es necesario el divorcio. Pero Anna no la oyó. Anhelaba expresar todos los argumentos con los que tantas veces se había convencido a sí misma.