Cuando Levin pensaba en quién era y para qué vivía, no hallaba respuesta a esas preguntas y caía en la desesperación; pero dejó de interrogarse al respecto.
Parecía como si supiera tanto quién era como para qué vivía, pues actuaba y vivía con resolución y sin vacilación. De hecho, en estos últimos tiempos era mucho más decidido e inquebrantable en su vida de lo que jamás había sido.
Cuando volvió al campo a principios de junio, volvió también a sus ocupaciones habituales.
La administración de la finca, sus relaciones con los campesinos y los vecinos, el cuidado de su casa, la gestión de los bienes de su hermana y de su hermano, de los que se encargaba, sus relaciones con su esposa y sus parientes, el cuidado de su hijo y la nueva afición a la apicultura que había adoptado aquella primavera, llenaban todo su tiempo.
Estas cosas lo ocupaban ahora, no porque las justificara ante sí mismo mediante ningún tipo de principios generales, como lo había hecho en el pasado; por el contrario, desilusionado por el fracaso de sus antiguos esfuerzos en pro del bienestar general, y demasiado ocupado con su propio pensamiento y el cúmulo de asuntos con los que lo agobiaban por todas partes, había renunciado por completo a pensar en el bien general, y se dedicaba a toda esta labor simplemente porque le parecía que debía hacer lo que hacía, que no podía obrar de otro modo. En otros tiempos —casi desde la infancia, y cada vez más hasta la plena madurez—, cuando había intentado hacer algo que fuera bueno para todos, para la humanidad, para Rusia, para toda la aldea, había notado que la idea de ello era agradable, pero que el trabajo en sí siempre resultaba incoherente,