Los primeros días de su existencia en el campo fueron muy difíciles para Dolly. De niña solía estar en el campo, y la impresión que le había quedado de él era que el campo constituía un refugio contra todas las desagradabilidades de la ciudad; que la vida allí, aunque no lujosa —a eso Dolly podía resignarse fácilmente—, era barata y cómoda; que había abundancia de todo, todo era barato, todo se podía conseguir, y los niños eran felices. Pero ahora, al llegar al campo como cabeza de familia, advirtió que todo era completamente distinto a como se lo había imaginado.
El día después de su llegada cayó una fuerte lluvia, y por la noche el agua sefiltró en el pasillo y en la guardería, de modo que las camas tuvieron que ser trasladadas a la sala. No se encontraba ninguna pinche de cocina; de las nueve vacas, según se desprendía de las palabras de la vaquera, unas estaban a punto de parir, otras acababan de parir, otras eran viejas y otras más tenían la ubre dura; no había mantequilla ni leche suficiente ni siquiera para los niños. No había huevos. No podían conseguir aves de corral; gallos viejos, amoratados y correosos eran todo lo que tenían para asar y hervir. Imposible conseguir mujeres para fregar los suelos: todas estaban azadonando patatas. Pasear en coche estaba fuera de discusión, porque uno de los caballos era maula y se desbocaba en los varales. No había ningún lugar donde pudieran bañarse; toda la ribera del río estaba pisoteada por el ganado y abierta al camino; ni siquiera los paseos eran posibles, pues el ganado se metía en el jardín por un hueco en el seto, y había un toro terrible que bramaba, por lo que era de esperar que corneara a alguien.