«¿Qué me dices de mi cerveza casera, eh? ¿Buena, eh?», dijo, guiñando un ojo.
Y verdaderamente Levin no había bebido jamás un licor tan bueno como aquella agua templada con trocitos flotando y un sabor a herrumbre del cucharón de lata.
E inmediatamente después vino el delicioso y pausado paseo, con la mano sobre la guadaña, durante el cual podía enjugarse el sudor que le brotaba a chorros, respirar hondo y contemplar la larga hilera de segadores y lo que sucedía alrededor en el bosque y en el campo.
Cuanto más segaba Levin, con más frecuencia experimentaba momentos de inconscuencia en los que le parecía que no eran sus manos las que blandían la guadaña, sino la guadaña la que segaba por sí misma, un cuerpo lleno de vida y con conciencia propia, y como por arte de magia, sin pensar en ello, el trabajo salía regular y bien acabado por sí solo.
Esos eran los momentos más dichosos.
Solo era un trabajo duro cuando tenía que interrumpir el movimiento, que se había vuelto inconsciente, y pensar; cuando tenía que segar alrededor de un montículo o un mechón de acedera. El viejo hacía esto con facilidad. Al llegar un montículo, cambiaba de movimiento y, ora con el talón, ora con la punta de la guadaña, cortaba el montículo por ambos lados con breves tajos. Y mientras hacía esto, no dejaba de mirar a su alrededor y observar lo que se le ponía a la vista: en un momento dado arrancaba una baya silvestre y se la comía o se la ofrecía a Levin, luego apartaba una ramita con la hoja de la guadaña, después contemplaba el nido de una codorniz, de la cual el ave voló justo bajo la guadaña,