Por mucho que Anna hubiera anhelado ver a su hijo, y por largo tiempo que hubiera estado pensando en ello y preparándose para el momento, no esperaba en absoluto que verle la afectara tan profundamente.
Al regresar a sus solitarias habitaciones del hotel, le costó mucho comprender por qué estaba allí.
—Sí, todo ha terminado y vuelvo a estar sola —se dijo, y sin quitarse el sombrero, se sentó en una butaca baja junto a la chimenea.
Fijando los ojos en un reloj de bronce situado en una mesa entre las ventanas, intentó pensar.
La doncella francesa traída del extranjero entró para sugerir que debía vestirse. Ella la contempló con asombro y dijo: «Ahora mismo». Un lacayo le ofreció café. «Más tarde», dijo.
La enfermera italiana, después de haber sacado a la niña a pasear con sus mejores galas, entró con ella y se la llevó a Anna. La pequeña, rellenita y bien alimentada, al ver a su madre, como siempre hacía, tendió sus gordezuelas manitas y, con una sonrisa en la boca desdentada, comenzó, como un pez con un corcho, a agitar los dedos arriba y abajo sobre los pliegues almidonados de su falda bordada, haciéndolos crujir. Era imposible no sonreír, no besar a la niña, imposible no ofrecerle un dedo para que lo agarrara, gorjeando y retozando por todas partes; imposible no ofrecerle un labio que ella succionaba con su boquita a modo de beso. Y todo esto lo hizo Anna, y la tomó en brazos y la hizo bailar, y besó su fresco carrillo y sus desnudos codos; pero a la vista de esta criatura le resultaba más evidente que nunca que el sentimiento que tenía por ella