A las diez, el viejo príncipe, Serguéi Ivánovich y Stepán Arkádievich estaban sentados en casa de Levin. Tras preguntar por Kitty, habían derivado la conversación hacia otros temas.
Levin los escuchaba y, mientras hablaban, repasando inconscientemente el pasado y los acontecimientos hasta aquella mañana, pensaba en cómo había sido él el día anterior hasta ese momento. Le parecía que había transcurrido un siglo desde entonces.
Se sentía elevado a alturas inaccesibles, desde las cuales descendía con esfuerzo para no herir a las personas con las que hablaba. Hablaba, y al mismo tiempo pensaba en su mujer, en su estado actual, en su hijo, en cuya existencia intentaba habituarse a creer.
Todo el mundo femenino, que tras su matrimonio había adquirido para él un valor nuevo e insospechado, se hallaba ahora tan exaltado que su imaginación no alcanzaba a abarcarlo.
Los escuchaba hablar de la comida de ayer en el club, y pensaba:
«¿Qué estará pasando con ella ahora? ¿Estará dormida? ¿Cómo se encuentra? ¿En qué estará pensando? ¿Llorará, mi hijo Dimitri?».
Y en mitad de la conversación, a mitad de una frase, se levantó de un salto y salió de la habitación.
—Avísame si puedo verla —dijo el príncipe.
—Muy bien, en un minuto —contestó Levin y, sin detenerse, se fue a su cuarto.