del nuevo techo de paja. Contemplaba a través de la puerta abierta, en la que el polvo amargo y seco de latrilla remolineaba y bailaba, la hierba de la era bajo la luz del sol y la paja fresca que habían traído del pajar, luego a las golondrinas de cabeza moteada y pecho blanco que volaban piando bajo el tejado y, agitando las alas, se acomodaban en las rendijas de la puerta, y después a los campesinos que ajetreaban en el pajar oscuro y polvoriento, y pensaba pensamientos extraños.
“¿Para qué se hace todo esto?”, pensaba. “¿Por qué estoy aquí de pie, haciéndoles trabajar? ¿Por qué están todos tan ocupados, tratando de mostrarme su celo? ¿Para qué se esfuerza esa vieja Matrona, mi vieja amiga? (La curé cuando le cayó el madero en el incendio)”, pensaba, mirando a una anciana flaca que rastrillaba el grano, moviéndose penosamente con sus pies descalzos y oscurecidos por el sol sobre el suelo irregular y áspero.
“Entonces se recuperó, pero hoy, mañana o dentro de diez años no lo hará; la enterrarán, y no quedará nada ni de ella ni de esa muchacha elegante de chaqueta roja, que con ese movimiento hábil y suave despoja de sus cascarillas a las espigas. La enterrarán a ella y a este caballo pío, y muy pronto también”, pensaba, contemplando al caballo pesado y jadeante que seguía caminando sobre la rueda que giraba bajo él.
“Y a ella la enterrarán, y a Fiódor el trillador, con su barba rizada llena de paja y la camisa rota sobre sus blancos hombros; a él también lo enterrarán. Él está desatando las gavillas, dando órdenes, gritando a las mujeres y arreglando rápidamente la correa de la rueda en movimiento. Y lo que es más, no son solo ellos: a mí también me enterrarán y no quedará nada. ¿Para qué?”.
Pensó esto y al mismo tiempo miró su reloj para calcular cuánto trillaban en una hora. Quería saberlo para juzgar por ello la tarea que se impondría para el día.