—Por eso mismo es por lo que no quiero.
Con expresión consternada y culpable, Alekséi Aleksándrovich se detuvo y habría regresado sin ser visto. Pero, pensando que eso carecería de dignidad, dio media vuelta de nuevo y, carraspeando, se acercó al dormitorio. Las voces callaron y él entró.
Anna, con una bata gris, con una mata de rizos cortos y apretados sobre su cabeza redonda, estaba sentada en un diván. El entusiasmo desapareció de su rostro, como siempre le ocurría al ver a su esposo; inclinó la cabeza y miró a Betsy con inquietud.
Betsy, vestida a la última moda, con un sombrero que se alzaba sobre su cabeza como la pantalla de una lámpara, con un vestido azul con franjas violetas al bies que se inclinaban en una dirección en el corpiño y en la otra en la falda, estaba sentada junto a Anna, con su esbelta y plana figura erguida. Inclinando la cabeza, saludó a Alekséi Aleksándrovich con una sonrisa irónica.