“Si pudiera ser cualquier cosa menos una amante, que no se apasiona por nada que no sean sus caricias; pero no puedo ni me importa ser ninguna otra cosa. Y con ese deseo le despierto aversión, y él me despierta furia a mí, y no puede ser de otro modo. ¿Acaso no sé que no me engañaría, que no tiene ningún plan con la princesa Sorokina, que no está enamorado de Kitty, que no me abandonará? Lo sé todo eso, pero no por eso me va mejor. ¡Si sin amarme, por deber, fuera bueno y amable conmigo, sin lo que yo quiero, eso es mil veces peor que la falta de amabilidad! ¡Eso es... el infierno! Y así es exactamente. Desde hace mucho tiempo ya no me ama. Y donde el amor termina, empieza el odio. No conozco nada estas calles. Cuestas, al parecer, y más casas, y casas. … Y en las casas siempre gente y más gente. … ¡Cuántos, sin fin, y todos odiándose los unos a los otros! Vamos, déjame intentar pensar qué quiero para ser feliz. ¿Y bien? Supongamos que me divorcio, que Alekséi Aleksándrovich me da a Seryozha y me caso con Vronski”. Al pensar en Alekséi Aleksándrovich, se lo imaginó al instante con extraordinaria viveza, como si estuviera vivo ante ella, con sus ojos mansos, sin vida, apagados, las venas azules de sus manos blancas, su forma de hablar y el chasquido de sus dedos, y al recordar el sentimiento que había existido entre ellos, y que también se llamaba amor, se estremeció con repugnancia. “Bien, estoy divorciada y me convierto en la esposa de Vronski. Y bien, ¿dejará Kitty de mirarme como me ha mirado hoy? No. ¿Y dejará Seryozha de preguntar y extrañarse por mis dos maridos? ¿Y hay algún sentimiento nuevo que pueda despertar entre Vronski y yo? ¿Es posible, si no la felicidad, algún tipo de alivio al sufrimiento? ¡No, no!”, respondió ahora sin la menor vacilación. “¡Imposible! La vida nos separa, y yo hago su infelicidad y él la mía, y ni a él ni a mí se nos puede cambiar. Se ha intentado todo, el tornillo se ha desroscado.
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