—Bueno, pues —comenzó Vronsky para iniciar algún tipo de conversación—; ¿así que se han instalado aquí? ¿Siguen con el mismo trabajo, entonces? —continuó, recordando que le habían dicho que Golenishchev estaba escribiendo algo.
—Sí, estoy escribiendo la segunda parte de Los dos elementos —dijo Goleníshchev, sonrojándose de placer ante la pregunta—, o, para ser exactos, todavía no la estoy escribiendo; me estoy preparando, recogiendo materiales. Tendrá un alcance mucho mayor y tocará casi todos los temas. Nosotros en Rusia nos negamos a ver que somos los herederos de Bizancio —y se lanzó a una larga y apasionada explicación de sus puntos de vista.
Vronsky en un primer momento se sintió avergonzado por no saber nada de la primera parte de Los dos elementos, de la que el autor hablaba como de algo archiconocido. Pero como Goleníshchev empezó a exponer sus opiniones y Vronsky pudo seguirlas aun sin conocer Los dos elementos, lo escuchó con cierto interés, pues Goleníshchev hablaba bien. Sin embargo, a Vronsky le desconcertó y molestó la irritabilidad nerviosa con la que Goleníshchev hablaba del tema que lo absorbía. A medida que seguía hablando, sus ojos brillaban con más y más enojo; respondía con creciente prisa a oponentes imaginarios, y su rostro se tornaba cada vez más agitado y preocupado. Recordando a Goleníshchev —un muchacho delgado, vivaz, bondadoso y bien educado, que siempre iba a la cabeza de la clase—, Vronsky no lograba comprender el motivo de su irritabilidad, y eso no le gustaba. Lo que le desagradaba en particular era que Goleníshchev, un hombre de buena sociedad, se pusiera al nivel de ciertos plumíferos con los que estaba irritado y enojado. ¿Valía la pena? A Vronsky le disgustaba, pero sentía que Goleníshchev era infeliz y le daba lástima. La infelicidad, casi un desequilibrio mental, se dejaba ver en su rostro móvil y bastante apuesto mientras, sin ni siquiera percatarse de la entrada de Anna, continuaba expresando sus puntos de vista con prisa y fervor.