—¡Oh, no! Todavía no sirve, está inacabado. Pero me dará mucho gusto ir a la reunión.
—Oigan, amigos, ¿se han enterado? Ha presentado el informe por separado —gritó Katavasov desde la otra habitación, donde se estaba poniendo la levita.
Y se entabló una conversación sobre la cuestión universitaria, que aquel invierno constituía un acontecimiento muy importante en Moscú.
Tres viejos profesores del consejo no habían aceptado la opinión de los profesores más jóvenes. Los jóvenes habían presentado un voto particular.
Esto, a juicio de unos, era monstruoso; a juicio de otros, lo más sencillo y justo que cabía hacer, y los profesores se habían escindido en dos bandos.
Un partido, al que pertenecía Katavasov, veía en el bando opuesto una traición y una perfidia infames, mientras que el bando opuesto veía en ellos infantilismo y falta de respeto a las autoridades.
Levin, aunque no pertenecía a la universidad, ya había oído y hablado varias veces de este asunto durante su estancia en Moscú, y tenía su propia opinión al respecto.
Tomó parte en la conversación que continuó en la calle, mientras los tres caminaban hacia los edificios de la vieja universidad.
La reunión ya había comenzado. Alrededor de la mesa cubierta de paño, en la que tomaron asiento Katavasov y Metrov, había una media docena de personas, y una de ellas estaba inclinada muy cerca de un manuscrito, leyendo algo en voz alta.
Levin se sentó en una de las sillas vacías que había alrededor de la mesa y le preguntó en voz baja a un estudiante sentado cerca qué era lo que se estaba leyendo. El estudiante, mirando a Levin con displacer, dijo: