Absorta en tales pensamientos, pasó cinco días sin él, los cinco días que él había de estar en las elecciones.
Los paseos, la conversación con la princesa Varvara, las visitas al hospital y, sobre todo, la lectura —la lectura de un libro tras otro— llenaban su tiempo. Pero al sexto día, cuando el cochero regresó sin él, sintió que ya le era totalmente imposible ahogar el pensamiento en él y en lo que él estaba haciendo allí; justo en ese momento, su hijita enfermó. Anna comenzó a cuidarla, pero ni siquiera eso logró distraer su mente, sobre todo porque la enfermedad no era grave. Por mucho que lo intentaba, no lograba amar a esta pequeña, y fingir amor estaba más allá de sus fuerzas. Hacia el atardecer de ese día, todavía sola, Anna sintió un pánico tal por él que decidió partir hacia la ciudad, pero pensándolo mejor le escribió la carta contradictoria que Vronsky recibió y, sin releerla, la envió con un mensajero especial. A la mañana siguiente recibió su carta y se arrepintió de la suya. Temía que se repitiera la mirada severa que él le había dirigido al despedirse, especialmente cuando supiera que la nena no estaba gravemente enferma. Pero aun así se alegraba de haberle escrito. En ese momento Anna admitía abiertamente para consigo misma que ella le resultaba una carga, que él renunciaría con pesar a su libertad para regresar con ella, y a pesar de eso se alegraba de que él viniera. Que se cansara de ella, pero estaría allí con ella, de modo que lo vería, sabría de cada uno de sus actos.
Estaba sentada en la sala cerca de una lámpara, con un nuevo volumen de Taine, y mientras leía, escuchaba el sonido del viento afuera y esperaba a cada minuto que llegara el carruaje. Varias veces le había parecido oír el ruido de las ruedas, pero se había equivocado. Por fin oyó, no el ruido de las ruedas, sino el grito del cochero y el sordo retumbar en el soportal cubierto. Hasta la princesa Varvara, jugando al solitario, lo confirmó, y Anna, ruborizándose intensamente, se levantó; pero en vez de bajar, como lo