destellos de diamantes, recogía con la ayuda del tenor que le había ofrecido el brazo los ramos de flores que caían torpemente por encima de la candilejas. Luego se acercó a un caballero con el cabello engominado y brillante, con la raya al medio, que se estiraba sobre las candilejas tendiéndole algo, y todo el público, tanto en el patio de butacas como en los palcos, estaba en un estado de gran excitación, estirándose hacia adelante, gritando y aplaudiendo. El director de orquesta en su silla alta colaboraba en la entrega de la ofrenda y se acomodaba la corbata blanca. Vronsky caminó hacia el centro del patio de butacas y, deteniéndose, comenzó a mirar a su alrededor. Aquel día, menos que nunca, su atención se dirigió hacia el entorno familiar y habitual, el escenario, el ruido, toda la multitud de espectadores habituales, aburridos y multicolores del teatro abarrotado.
Allí estaban, como siempre, las de siempre, señoras de cierto tipo con oficiales de cierto tipo en el fondo de los palcos; las mismas mujeres alegremente ataviadas —vaya Dios a saber quiénes—, uniformes y casacas negras; la misma muchedumbre sucia en el anfiteatro superior; y entre la multitud, en los palcos y en las primeras filas, se hallaban unas cuarenta personas de la auténtica sociedad. Y hacia esos oasis dirigió Vronsky de inmediato su atención, entrando al instante en relación con ellos.
El acto había terminado cuando entró, por lo que no fue directamente al palco de su hermano, sino que, subiendo a la primera fila de butacas, se detuvo junto a la candileja con Serpujovskói, quien, de pie con una rodilla levantada y el talón apoyado en la candileja, lo avistó a lo lejos y le hizo señas, sonriendo.
Vronsky aún no había visto a Anna. Evitaba a propósito mirar en su dirección. Pero sabía dónde estaba por la dirección de las miradas de la gente.