«Seguiré de la misma manera, perdendo los paciencia con Iván el cochero, enredándome en discusiones airadas, expresando mis opiniones sin tacto; seguirá habiendo el mismo muro entre el sagrario de mi alma y los demás, incluso mi esposa; seguiré reñiéndola por mi propio terror y arrepintiéndome de ello; mi razón seguirá siendo incapaz de comprender por qué rezo, y seguiré rezando; pero mi vida ahora, toda mi vida, al margen de todo lo que pueda sucederme, cada uno de sus minutos ya no carece de sentido, como antes, sino que tiene el sentido positivo del bien, que está en mi poder depositar en ella».
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