demostrar.
Levin había observado a menudo en las discusiones entre las personas más inteligentes que, tras enormes esfuerzos y un enorme derroche de sutilezas lógicas y palabras, los disputantes terminaban por percatarse de que aquello que tanto tiempo llevaban esforzándose por demostrarse el uno al otro se sabía desde hacía mucho, desde el principio de la discusión, pero que a cada uno les gustaban cosas distintas y no querían definir lo que les gustaba por miedo a que fuera atacado. A menudo le había ocurrido la experiencia de comprender de repente en una discusión lo que le gustaba a su contrincante y que a la vez también empezara a gustarle a él, y de inmediato se descubría a sí mismo asintiendo, y entonces todos los argumentos decaían por inútiles. A veces también había experimentado lo contrario, al expresar por fin lo que le gustaba a él