Por la noche volvieron a salir de caza, y Veslovski hizo varios disparos acertados; de madrugada regresaron a casa.
El viaje de vuelta fue tan animado como lo había sido la ida. Veslovsky cantaba canciones y contaba con deleite sus aventuras con los campesinos, que lo habían invitado a vodka y le habían dicho: «Perdone nuestra sencillez», así como sus peripecias nocturnas en el juego del beso robado, con la criada y con el campesino, quien le había preguntado si era casado, y al enterarse de que no lo era, le había dicho: «Bueno, cuídate de no andar tras las mujeres ajenas; más te valdría buscarte una propia». Estas palabras habían divertido particularmente a Veslovsky.
—En conjunto, la he pasado maravillosamente en nuestra excursión. ¿Y usted, Levin?
—Muchísimo —dijo Levin con toda sinceridad. Le resultaba particularmente grato haberse librado de la hostilidad que había estado sintiendo hacia Vassenka Veslovsky en su casa, y sentir en su lugar la disposición más amistosa hacia él.