y se hizo un nombre, trató, como no es tonto, de educarse a sí mismo. Y recurrió a lo que le parecía la mismísima fuente de la cultura: las revistas.
Antiguamente, ya ve, un hombre que hubiera querido educarse —un francés, por ejemplo— se habría puesto a estudiar a todos los clásicos, teólogos, tragediógrafos, historiadores y filósofos, y, ya sabe, toda la obra intelectual que se cruzara en su camino. Pero en nuestros días va directo a la literatura de negación, asimila muy rápidamente todos los extractos de la ciencia de la negación, y ya está listo.
Y eso no es todo: hace veinte años habría encontrado en esa literatura huellas de conflicto con las autoridades, con los dogmas de los siglos; habría deducido de ese conflicto que había algo más; pero ahora se tropieza de inmediato con una literatura en la que los viejos dogmas ni siquiera dan pie al debate, sino que se afirma llanamente que no hay nada más —evolución, selección natural, lucha por la existencia— y eso es todo. En mi artículo he. …
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo Anna, que desde hacía un buen rato venía intercambiando miradas cautelosas con Vronsky, y sabía que a este no le interesaba en lo más mínimo la educación de aquel artista, sino que estaba absorbido pura y simplemente por la idea de ayudarlo y encargarle un retrato—; te diré lo que vamos a hacer —dijo, interrumpiendo con resolución a Goleníshchev, que seguía dale que te dale hablando—, ¡vayamos a verlo!
Golenishtchev recuperó la compostura y accedió de buena gana. Pero como el artista vivía en un suburbio alejado, se decidió tomar el carruaje.
Una hora más tarde, Anna, con Golénishchev a su lado y Vronsky en el asiento delantero del coche, frente a ellos, llegó ante una casa nueva y fea en un suburbio apartado. Al enterarse por la portera, que salió a recibirlos, de que Mijáilov recibía visitas en su estudio, pero que en ese momento estaba en su vivienda a un par de pasos de allí, le enviaron sus tarjetas pidiéndole permiso para ver su cuadro.