podía vivir sepultado en el campo como a ella le habría gustado hacerlo. Él necesitaba la sociedad, y la había puesto en esta terrible situación, cuya amargura él no quería ver. Y de nuevo, era culpa suya que ella estuviera separada para siempre de su hijo.
Aun los raros momentos de ternura que se presentaban de vez en cuando no la calmaban; en la ternura de él veía ahora un matiz de complacencia, de autoconfianza, que antes no existía y que la exasperaba.
Era el atardecer. Anna estaba sola, y esperaba a que él volviera de una cena de solteros. Iba y venía por su estudio (la habitación donde menos se oía el ruido de la calle), repasando cada detalle de la pelea del día anterior. Volviendo de las palabras ofensivas y tan recordadas de la discusión a lo que había sido el motivo de esta, llegó por fin a su origen. Durante un buen rato apenas pudo creer que su desavenencia hubiera