Los disparos se sucedían con rapidez. El humo de la pólvora envolvía a los cazadores, mientras que en la amplia y espaciosa red del zurrón solo había tres agachadizas ligeras y diminutas. Y de estas, una la había matado Veslovsky solo y otra los dos juntos. Mientras tanto, desde el otro lado del pantano llegaban los ecos de los tiros de Stepán Arkádivich, no muy frecuentes, pero que a Levin se le antojababan certeros, pues casi después de cada uno se oía: «Krak, krak, apporte !»
Esto animó aún más a Levin.
Las agachadizas flotaban continuamente en el aire sobre los carrizales. Se escuchaban por todas partes sus alas zumbando cerca de la tierra y sus ásperos gritos en lo alto del cielo; las agachadizas que se habían levantado primero y volado alto, volvían a posarse ante los cazadores.
En lugar de dos halcones, ahora había decenas de ellos cerniéndose con chillidos estridentes sobre el pantano.
Después de cruzar la mayor parte del pantano, Levin y Veslovsky llegaron al lugar donde el prado de los campesinos estaba dividido en largas franjas que llegaban hasta los juncos, señaladas en un sitio por la hierba pisoteada y en otro por un sendero abierto a guadaña. La mitad de estas franjas ya había sido segada.
Aunque no había tanta esperanza de encontrar aves en la parte sin segar como en la segada, Levin le había prometido a Stepán Arkádyevich encontrarse con él, y por eso siguió caminando con su compañero a través de los trechos segados y sin segar.
«¡Hola, deportistas! —gritó uno de un grupo de campesinos, sentados en un carro sin desenganchar—; ¡vengan a almorzar con nosotros! ¡Tomen un trago de vino!».
Levin miró a su alrededor.