Y Levin recordó una escena de la que había sido testigo hacía poco entre Dolly y sus hijos. Los hijos, dejados a su aire, se habrían puesto a cocinar frambuesas sobre las velas y a dispararse leche a la boca el uno al otro con una jeringuilla. Su madre, al pillarles en estas travesuras, empezó a recordarles en presencia de Levin los quebraderos de cabeza que sus diabluras daban a los mayores, y que todo ese esfuerzo era por su bien, y que si rompían las tazas no tendrían en qué tomar el té, y que si desperdiciaban la leche, no tendrían qué comer y morirían de hambre.
Y a Levin le había impresionado la pasiva y cansada incredulidad con la que los niños escuchaban lo que su madre les decía. Simplemente les molestaba que hubieran interrumpido su divertido juego y no creían ni una sola palabra de lo que decía su madre. En verdad no podían creerlo, pues no alcanzaban a comprender la inmensidad de todo lo que disfrutaban habitualmente, y por eso no podían concebir que aquello que estaban destruyendo era el mismo sustento de sus vidas.
«Todo eso viene por sí solo», pensaban, «y no tiene nada de interesante ni importante porque siempre ha sido así, y siempre será así. Y todo es siempre igual. No necesitamos pensar en eso, ya está todo listo.
Pero nosotros queremos inventar algo propio y nuevo. Así que se nos ocurrió poner frambuesas en una taza, cocinarlas sobre una vela y rociarnos leche directamente en la boca el uno al otro. Eso es divertido, es algo nuevo y no es ni un poco peor que beber de las tazas».
«¿No es acaso lo mismo que hacemos nosotros, lo que yo hice, buscando con la ayuda de la razón la importancia de las fuerzas de la naturaleza y el significado de la vida del hombre?», pensó.