se puso a trabajar en el hogar de Karenin velando por su bienestar, sintió que todos sus otros afectos no eran auténticos, y que ahora estaba verdaderamente enamorada, y de nadie más que de Karenin. El sentimiento que ahora experimentaba por ella le parecía más fuerte que cualquiera de sus sentimientos anteriores. Al analizar su sentimiento y compararlo con sus pasiones pasadas, percibía claramente que no se habría enamorado de Komisárov si este no le hubiera salvado la vida al zar, que no se habría enamorado de Ristitch-Kudzhitsky de no haber existido la cuestión eslava, pero que amaba a Karenin por sí mismo, por su alma sublime e incomprendida, por las agudas —para ella— y dulces notas de su voz, por su entonación pausada, sus ojos cansados, su carácter y sus manos blancas y suaves de venas hinchadas. No solo se alegraba de verlo, sino que buscaba en su rostro indicios de la impresión que ella le causaba. Intentaba complacerlo, no solo con sus palabras, sino con toda su persona. Por causa de él ahora prestaba más atención a su vestido que antes. Se sorprendía a sí misma fantaseando con lo que habría podido ser de no haber estado casada y haber sido él libre. Se sonrojaba de emoción cuando él entraba en la habitación, y no podía reprimir una sonrisa de éxtasis cuando él le decía algo amable.
Desde hacía ya varios días la condesa Lidia Ivanovna se encontraba en un estado de intensa agitación. Se había enterado de que Anna y Vronsky estaban en Petersburgo. Había que evitar a Alekséi Aleksándrovich el encuentro con ella, había que preservarlo incluso del doloroso conocimiento de que aquella mujer terrible se hallaba en la misma ciudad que él y de que podía cruzarse con ella en cualquier momento.
Lidia Ivanovna hizo averiguaciones por medio de sus amigos sobre lo que aquellas infames personas, como llamaba a Anna y a Vronsky, pensaban hacer, y se esforzó por guiar de tal modo cada movimiento de su amigo durante aquellos días que este no pudiera cruzarse con ellos. El joven