natural. Según dedujo Kitty, aquella muchacha rusa no era pariente de Madame Stahl ni tampoco una asistenta pagada. Madame Stahl la llamaba Varenka, y los demás la llamaban «mademoiselle Varenka». Aparte del interés que Kitty sentía por las relaciones de esta muchacha con Madame Stahl y con otras personas desconocidas, Kitty experimentaba, como le ocurría a menudo, una atracción inexplicable hacia mademoiselle Varenka, y notaba cuando sus miradas se cruzaban que a esta también le agradaba ella.
De mademoiselle Varenka no se diría que había dejado atrás su primera juventud, sino que era, por así decirlo, una criatura sin juventud; se la habría tomado por una muchacha de diecinueve años o por una mujer de treinta. Si se criticaban sus rasgos por separado, era más bien hermosa que fea, a pesar del tono enfermizo de su rostro. Habría tenido también una buena figura, de no ser por su extrema delgadez y el tamaño de su cabeza, demasiado grande para su estatura mediana. Pero no era probable que resultara atractiva para los hombres. Era como una flor bella, ya pasada y sin fragancia, aunque los pétalos aún no se hubieran marchitado. Además, tampoco habría resultado atractiva para los hombres por la falta de aquello mismo de lo que Kitty tenía demasiado: del fuego reprimido de la vitalidad y de la consciencia de su propio atractivo.
Siempre parecía absorta en un trabajo sobre el cual no cabía duda alguna, y por eso parecía no poder interesarse en nada que estuviera fuera de él. Era precisamente este contraste con su propia situación lo que constituía para Kitty el gran atractivo de mademoiselle Varenka. Kitty sentía que en ella, en su modo de vida, encontraría un ejemplo de lo que ahora buscaba con tanta angustia: interés en la vida, una dignidad en la vida—al margen de las relaciones mundanas de las jóvenes con los hombres, que tanto repugnaban a Kitty y que ahora se le aparecían como un vergonzoso mercadeo de mercancías en busca de comprador.