Llegó a casa de Brianski, se quedó allí cinco minutos y regresó al galope. Este rápido paseo lo calmó.
Todo lo doloroso en sus relaciones con Anna, toda la sensación de indefinición que había dejado su conversación, se le había borrado de la mente.
Pensaba ahora con placer y entusiasmo en las carreras, en que llegaría a tiempo de un modo u otro, y de vez en cuando la idea del dichoso encuentro que le esperaba aquella noche cruzaba su imaginación como una luz flamígera.
La emoción de la próxima carrera se fue apoderando de él a medida que se adentraba más y más en el ambiente hípico, adelantando carruajes que venían de las villas de verano o salían de Petersburgo.
En sus habitaciones no había quedado nadie en casa; todos estaban en las carreras, y su ayuda de cámara lo esperaba en la puerta.
Mientras se cambiaba de ropa, el criado le informó de que la segunda carrera ya había empezado, que muchos caballeros habían ido a preguntar por él y que un muchacho había corrido dos veces desde las caballerizas.
Vistiéndose sin prisa (nunca se apresuraba ni perdía la compostura), Vronsky se dirigió en coche a los cobertizos. Desde allí pudo ver un auténtico mar de carruajes y gente a pie, soldados rodeando el hipódromo y tribunas abarrotadas de gente.
La segunda carrera al parecer estaba desarrollándose, pues justo al entrar en los cobertizos oyó tocar una campana. Al dirigirse hacia las caballerizas, se cruzó con el alazán de patas blancas, el Gladiator de Mahotin, que era conducido hacia la pista con una manta de cuadra azul, con algo que parecía unas orejas enormes ribeteadas de azul.
“¿Dónde está Cord?”, le preguntó al muchacho del establo.