—Perdone —terció Serguéi Ivánovitch con una sonrisa—, no fue el interés propio el que nos impulsó a trabajar por la emancipación de los siervos, pero trabajamos por ella.
—¡No! —interrumpió Konstantín Levin con aún mayor vehemencia—; la abolición de la servidumbre fue otra cosa. Ahí sí intervenía el propio interés. Uno ansiaba sacudirse aquel yugo que nos aplastaba a todos los hombres decentes de entre nosotros. Pero ser concejal y discutir cuántos basureros se necesitan y cómo deben construirse las chimeneas en una ciudad en la que no vivo, ser jurado y juzgar a un campesino que ha robado un costillar de tocino, y escuchar durante seis horas seguidas toda clase de monsergas del fiscal y del abogado defensor, y al presidente interrogando a mi viejo Alioshka, medio lelo: «¿Reconoce usted, acusado, el hecho de la sustracción del tocino?», «¿Eh?».
Konstantin Levin se había entusiasmado con el tema y empezó a imitar al presidente y al simplón de Alioshka: le parecía que todo venía muy al caso.
Pero Serguéi Ivánovich se encogió de hombros.
—Bueno, ¿qué quiere decir con eso, entonces?
—Simplemente quiero decir que aquellos derechos que me incumben… mi interés, siempre habré de defenderlos lo mejor que pueda; que cuando hacían redadas contra nosotros los estudiantes, y la policía leía nuestras cartas, yo estaba dispuesto a defender esos derechos hasta el extremo, a defender mis derechos a la educación y a la libertad.
Puedo comprender el servicio militar obligatorio, que afecta a mis hijos, a mis hermanos y a mí mismo; estoy dispuesto a deliberar sobre lo que a mí me concierne; pero deliberar sobre cómo gastar cuarenta mil rublos del dinero del consejo de distrito, o juzgar al simplón de Aliushka, no lo entiendo, y no puedo hacerlo.