Había estado buscando todo el tiempo la oportunidad de entablar conversación con Vronski, para suavizar así su grosería en el primer encuentro.
“No me parece, todo lo contrario”, dijo Vronsky con tranquila sorpresa.
“Es un juguete —lo interrumpió Lévin—.
No queremos jueces de paz. Yo no he tenido que ver ni una sola vez con ellos en ocho años. Y lo que he tenido, lo han fallado mal. El juez de paz está a más de treinta verstas de mí. Por un asunto de dos rublos tendría que mandar un abogado, que me cuesta quince”.
Y relató cómo un campesino le había robado un poco de harina al molinero y, cuando este se lo había reprochado, lo había denuciado por difamación.
Todo aquello era completamente innecesario y estúpido, y Levin mismo lo sintió al decirlo.
—¡Oh, es un tipo de lo más original! —dijo Stepán Arkádievich con su sonrisa más almibarada y tranquilizadora—. Pero ven; creo que están votando...
Y se separaron.
—No comprendo —dijo Serguéi Ivánovich, que había observado la torpeza de su hermano—; no comprendo cómo se puede carecer tan absolutamente de tacto político. Ahí es donde los rusos fallamos tanto. El mariscal de la provincia es nuestro adversario, y con él tú eres ami cochon, y le pides que se presente. El conde Vronsky, en cambio... Yo no me hago amigo suyo; me ha invitado a cenar y no voy a ir; pero está de nuestro lado... ¿para qué crearse un enemigo? Luego le preguntas a Nevyedovsky si va a presentarse. Eso no se hace.